lunes, 2 de mayo de 2016

MAX VAN MANEN 1




Universidad de Chile
Departamento de Estudios Pedagógicos
Reflexión crítica sobre las teorías de la educación, pedagogía y desarrollo del currículo







REFLEXIONES


Capítulo 2: “EL CONCEPTO DE PEDAGOGÍA”
“El tacto en la enseñanza”
(Max Van Manen, 1998).










Profesora Titular: Patricia Hermosila
Profesora Ayudante: Emilia Gambardella
Estudiante: Cherie Méndez
Especialidad: Artes Visuales





03 de abril de 2016

A continuación presentaremos algunas reflexiones personales relacionadas con el capítulo 2 titulado “El concepto de Pedagogía” desarrollado por Max Van Manen en su libro “El tacto en la enseñanza”.

Del propósito pedagógico a la vocación docente.

Van Manen señala que la pedagogía es una experiencia que se comparte y estoy completamente de acuerdo con esta reciprocidad, porque motiva y valida las capacidades del hacer consigo mismo y con el otro.
Recuerdo que cuando egresé como Licenciada en Artes, mi intención fue aprender orfebrería e investigar. Para ello, me matriculé como alumna tesista y esa calidad me permitió acceder a los cursos de la especialidad. Las bondades económicas, me las propicié a través de ayudantías de cátedra en la UMCE y como profesora titular en el DUOC UC, demostrando mis habilidades en estética y alfabetidad visual para estudiantes de pregrado. En base a esta planificación, se perfilaban con fluidez los futuros estudios de magister y doctorado. Sin embargo, la oportunidad laboral de ejercer docencia en una escuela, se instaló para cambiarlo todo.
La entrevista de trabajo estuvo acompañada del sofocante calor de enero, certificados de título en trámite y solicitud al departamento provincial de educación para hacer clases en educación básica. Al llegar el primer día de clases en marzo,  justo cinco minutos para el sonar de la campana que indicaba el comienzo de la jornada, el inspector general se presenta como tal y me entrega un micrófono: Profesora: le toca hacer la formación, la bienvenida al año escolar y todo el ritual propio de un día lunes. Este impasse carente de “tacto”, marcó la primera discontinuidad en mis ejercicios pedagógicos (1), por ser expuesta indiscretamente a la observación de muchísimas personas. Vulnerable y ya en la sala de clases, de frente a 34 enanos locos de 10 años, recordé a mi delgada y frágil profesora de cuarto básico doña Alicia Piña (2), cuyo vozarrón se escucha aún en mi cabeza, y saludé a los estudiantes, tratando de confiar en los zapatos que me sostenían. Ellos en coro contestaron y eclipsaron para siempre, mis juveniles certezas del futuro.
Mis sólidos conocimientos se basaban en teorías y manifiestos de la historia del arte, por lo tanto mi incipiente habilidad pedagógica debió apelar a la improvisación, distinguiendo entre lo adecuado y lo inadecuado, con el fin de desarrollar la comunicación y establecer el trato entre los niños y yo. Este encuentro de realidades generó en mí el sentimiento de responsabilidad y de compromiso, que según nuestro autor es el “compromiso pedagógico”, el deseo que el otro tenga un buen futuro (3), y el que marcó el inicio de mi carrera como Profesora de Educación Básica con especialidad en Artes: la reciprocidad en la relación entre el docente y el estudiante es tan rica, en tanto la influencia sea mutua e interactúe en un medio social, físico y  cultural, en situaciones de intimidad y relaciones espirituales y afectivas comunes.    





De la impresión de “los gana pan” a la sensibilidad pedagógica.

La decisión de ser profesora fue dolorosa y frustrante, no porque implicara un salario muy por debajo del esfuerzo, o el estudio y manejo de técnicas pedagógicas y afectivas (de hecho eso es lo que provoca y motiva el profundo encanto de perseverar en el trabajo y mantenerse actualizado y activo); sino la idea de ser parte de un rubro bastante debilitado.
Personalmente pensaba que los profesores no elegían serlo, más bien era la opción que quedaba por estudiar cuando no se obtenían buenos resultados para optar a la educación superior (4). Sin embargo, durante mi experiencia docente, pude observar a muchísimas personas que con más o menos grado de frustración en las venas, eran los formados por las casas de estudio como idóneos para ejercer pedagogía. Me producía y produce impotencia observar las carencias y errores de contenidos que son traspasadas sin dolo a los estudiantes y, especialmente, el abuso de poder que se ejerce irresponsablemente sobre quienes son anulados en sus aportes y motivaciones para hacer comunidad de aprendizaje. Ya había cuestionado pertenecer al rubro de los “profedioses”: dueños de la verdad y el conocimiento absoluto, que niegan la oportunidad de sorprender o innovar a los discípulos más intrépidos, esos que aplican las pruebas “pillativas” basadas en egoístas criterios de evaluación. Pero especial rechazo me provocan “los gana pan”, calificación que al escucharla por primera vez, interpreté como la indignidad del trabajo docente.
Me animé a estudiar Pedagogía General Básica, para obtener los conocimientos y habilidades necesarias, pero no quise certificarme porque prefería decir “soy licenciada en artes y trabajo como profesora” antes que ser reconocida oficialmente como “Profesora” y ser parte del rubro desgastado y mediocre que había observado en mi praxis.
Sin embargo, ignorante de los nuevos paradigmas de la educación, decidí ser parte del rubro docente, pero bajo la consigna de luchar incansablemente contra la entropía instalada en los colegios, esa que de gana pan obedece ciegamente a las políticas curriculares y la obtención de resultados mensurables y aprendizajes falsos; pero que es insensible al uso de herramientas pedagógicas afectivas cuyos efectos favorables en la comprensión de los contenidos tiene por consecuencia la aprehensión y desarrollo de los estudiantes, a través del contacto genuino entre el profesor y el estudiante.
Es extraño recordar que me sentí una vampiro de los niños, porque trataba de chupar y hacer mías las características y habilidades del ser y pensar como un niño, porque me molestaba entender el mundo desde mi formación neoliberal tan numérica como para calcular el valor de las cosas desde su costo monetario y olvidando sorprenderme, como bien decía “El Principito”, que hacíamos los adultos constantemente.
Hoy me siento una profesional de la educación cuando corroboro con Van Manen que tengo un “propósito pedagógico”, que la búsqueda del bienestar de los estudiantes y fortalecer su ser y el interés por el devenir de su ser, es parte de mi compromiso y responsabilidad docente. Ya no soy quien chupa egoístamente la infantil sabiduría y concepción del mundo, porque entiendo que la relación entre el profesor y el estudiante es de mutua influencia, requiere el fluir y el irradiar en ambos sentidos para conseguir efectos y significados diversos y amplios. ¿Cuál es mi rol?: ser el ente mediador entre la cultura y la tradición, entre la intimidad y el espíritu de la época, entre el mundo y el afecto humano.
                                  
De la evolución de la experiencia pedagógica a la certificación docente.

No entendí cuando durante el mes de abril del año 2015, recibí de un momento a otro, la notificación de despido por ser considerada no idónea para ejercer el cargo de profesora. Me dejó totalmente estupefacta la razón, el momento y las circunstancia: es cierto que no tengo el título de profesora, pero tengo los estudios de pedagogía, postítulos, capacitaciones y perfeccionamientos logrados con excelentes certificaciones, he ganado premios relevantes y obtenido felicitaciones por escrito, ¿Qué es lo que otorga la idoneidad para el ejercicio docente?, ¿Un cartón cubierto de estampillas y que señala el título de profesor?, ¿Dónde está el valor de la experiencia y el testimonio favorable de los estudiantes y sus apoderados?.
La carta de despido la recibí a las 18:30 horas. En la escuela solo quedaban tres profesores y ningún estudiante. La orden fue sacar mis cosas de inmediato, para evitar mi presencia en la escuela en los días sucesivos. Yo debía salir por la puerta ancha, con honores; pero me sentí como una rata escapando por la alcantarilla, sin despedirme de mis lazos cultivados allí durante 16 años, sin la oportunidad de una explicación o un adiós a mis queridos estudiantes y sin una compensación monetaria por los años de servicio.
Según mi psiquiatra, la recuperación del shock fue veloz, me sirvió mucho conocer lo que sentían los ex alumnos, quienes de inmediato me hicieron sentir la importancia de mi presencia en sus vidas: estimulación e inspiración fueron sus elogios; sus elogios me inspiraron y motivaron a salir adelante. No he borrado el dolor que me provocó ese desarraigo irreversible e indiscreto de mi “experiencia pedagógica”, pero los posteriores encuentros con los pequeños y pequeñas que me vi obligada a dejar: sus cartitas y comentarios como “te extraño profe”, “vuelva tía”, o los deseos de éxito de los agradecidos apoderados, entre otras manifestaciones de apoyo; fueron las certeras herramientas que me hicieron llevadero el proceso de superación del trauma y la inyección de fuerza para emprender un nuevo desafío, que es la creación de mi identidad como profesora, bajo la certificación de excelencia en mi “Alma Mater”.


A modo de conclusión.

Lo que pretendo demostrar con estos tres relatos de mi experiencia pedagógica, es precisamente esa influencia de interacción entre la profesora y los estudiantes, capaz de despertar la posibilidad de ser o llegar a ser.
Considerando que la influencia que ejercieron sobre mí es y sigue siendo positiva y sensiblemente profunda. Deseo y aspiro a que la influencia que ejercí sobre ellos responda a lo que Van Manen plantea como características positivas de esta influencia: “situacional y específica, práctica y contextualizada, normativa y autorreflexiva”, porque sin conocer intenté resguardar con tacto pedagógico las sensibilidades subjetivas de los estudiantes y conducirlas hacia el bien, haciendo de sus experiencias situaciones aceptables y autocontroladas, para potenciar su autoconocimiento. Sin embargo, queda la duda siguiente respecto de mi práctica pedagógica: ¿Mis estudiantes, cómo vivieron la carencia de seguridad en los inicios de mi carrera docente? La improvisación de ese momento, ¿es válida como estrategia de enseñanza?, y a modo de generalización: ¿Cuándo se evalúa el quehacer adecuado que es responsabilidad moral y profesional de un docente? (5).


Notas:
1.      Van Manen aconseja, a propósito del tacto pedagógico, mantener la discreción para evitar la exposición durante los estados de vulnerabilidad del otro y así no provocar el dolor que marca discontinuidad en los recuerdos y en la identidad.
2.      Apuntalaré mi relato con fragmentos de la página 38 y 39 del texto de Max Van Manen: “¿Qué hacemos con nuestros recuerdos de infancia y con las modalidades en que estos recuerdos se han integrado en nuestro propio ser corpóreo?...somos seres históricos…tenemos historias que confieren permanencia e identidad a la persona que somos…las influencias de nuestra juventud y, especialmente, la de nuestros padres y profesores dejan sus efectos”.
3.      En “El tacto de la enseñanza”, página 37: “La noción de propósito pedagógico expresa el deseo de los adultos de que a sus niños les vaya bien en la vida… la actividad de enseñar siempre se rige por un propósito pedagógico”.
4.      Este pensamiento elitista sigue instalado en mí, pero agoniza producto de las observaciones reformistas a la carrera docente.
5.      Según Van Manen, preservar el espacio del otro, proteger su lado vulnerable, evitar el autodaño, recomponer lo roto, reforzar lo positivo, destacar aquello que es único, favorecer el crecimiento personal; son características de un buen tacto pedagógico y que ejercen una influencia sutil. Pero este tacto se manifiesta en la medida que se es sensible a la subjetividad del otro, entonces ¿Cómo medimos la calidad de esa influencia? Si el tacto es el don de saber improvisar: ¿Enseñar es improvisar?.

Bibliografía:
Van Manen, M. (1998). Cap. 2 El concepto de pedagogía. En El tacto en la enseñanza. El significado de la sensibilidad pedagógica (pp. 29-51). Barcelona: Paidós.

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