
Universidad de Chile
Departamento de Estudios Pedagógicos
Reflexión crítica sobre las teorías de la educación, pedagogía y desarrollo
del currículo
REFLEXIONES
Capítulo 2: “EL CONCEPTO DE PEDAGOGÍA”
“El tacto en la enseñanza”
(Max Van Manen, 1998).
Profesora Titular: Patricia Hermosila
Profesora Ayudante: Emilia Gambardella
Estudiante: Cherie Méndez
Especialidad: Artes Visuales
03 de abril de 2016
A continuación presentaremos algunas reflexiones personales relacionadas
con el capítulo 2 titulado “El concepto de Pedagogía” desarrollado por Max Van
Manen en su libro “El tacto en la enseñanza”.
Del propósito pedagógico a
la vocación docente.
Van Manen señala que la pedagogía es una experiencia que se comparte y
estoy completamente de acuerdo con esta reciprocidad, porque motiva y valida
las capacidades del hacer consigo mismo y con el otro.
Recuerdo que cuando egresé como Licenciada en Artes, mi intención fue
aprender orfebrería e investigar. Para ello, me matriculé como alumna tesista y
esa calidad me permitió acceder a los cursos de la especialidad. Las bondades
económicas, me las propicié a través de ayudantías de cátedra en la UMCE y como
profesora titular en el DUOC UC, demostrando mis habilidades en estética y
alfabetidad visual para estudiantes de pregrado. En base a esta planificación,
se perfilaban con fluidez los futuros estudios de magister y doctorado. Sin
embargo, la oportunidad laboral de ejercer docencia en una escuela, se instaló
para cambiarlo todo.
La entrevista de trabajo estuvo acompañada del sofocante calor de enero,
certificados de título en trámite y solicitud al departamento provincial de
educación para hacer clases en educación básica. Al llegar el primer día de
clases en marzo, justo cinco minutos
para el sonar de la campana que indicaba el comienzo de la jornada, el
inspector general se presenta como tal y me entrega un micrófono: Profesora: le
toca hacer la formación, la bienvenida al año escolar y todo el ritual propio
de un día lunes. Este impasse carente de “tacto”, marcó la primera
discontinuidad en mis ejercicios pedagógicos (1), por ser expuesta
indiscretamente a la observación de muchísimas personas. Vulnerable y ya en la
sala de clases, de frente a 34 enanos locos de 10 años, recordé a mi delgada y
frágil profesora de cuarto básico doña Alicia Piña (2), cuyo vozarrón se
escucha aún en mi cabeza, y saludé a los estudiantes, tratando de confiar en
los zapatos que me sostenían. Ellos en coro contestaron y eclipsaron para
siempre, mis juveniles certezas del futuro.
Mis sólidos conocimientos se basaban en teorías y manifiestos de la
historia del arte, por lo tanto mi incipiente habilidad pedagógica debió apelar
a la improvisación, distinguiendo entre lo adecuado y lo inadecuado, con el fin
de desarrollar la comunicación y establecer el trato entre los niños y yo. Este
encuentro de realidades generó en mí el sentimiento de responsabilidad y de
compromiso, que según nuestro autor es el “compromiso pedagógico”, el deseo que
el otro tenga un buen futuro (3), y el que marcó el inicio de mi carrera como
Profesora de Educación Básica con especialidad en Artes: la reciprocidad en la
relación entre el docente y el estudiante es tan rica, en tanto la influencia
sea mutua e interactúe en un medio social, físico y cultural, en situaciones de intimidad y
relaciones espirituales y afectivas comunes.
De la impresión de “los gana
pan” a la sensibilidad pedagógica.
La decisión de ser profesora fue dolorosa y frustrante, no porque implicara
un salario muy por debajo del esfuerzo, o el estudio y manejo de técnicas
pedagógicas y afectivas (de hecho eso es lo que provoca y motiva el profundo
encanto de perseverar en el trabajo y mantenerse actualizado y activo); sino la
idea de ser parte de un rubro bastante debilitado.
Personalmente pensaba que los profesores no elegían serlo, más bien era la
opción que quedaba por estudiar cuando no se obtenían buenos resultados para
optar a la educación superior (4). Sin embargo, durante mi experiencia docente,
pude observar a muchísimas personas que con más o menos grado de frustración en
las venas, eran los formados por las casas de estudio como idóneos para ejercer
pedagogía. Me producía y produce impotencia observar las carencias y errores de
contenidos que son traspasadas sin dolo a los estudiantes y, especialmente, el
abuso de poder que se ejerce irresponsablemente sobre quienes son anulados en
sus aportes y motivaciones para hacer comunidad de aprendizaje. Ya había
cuestionado pertenecer al rubro de los “profedioses”: dueños de la verdad y el
conocimiento absoluto, que niegan la oportunidad de sorprender o innovar a los
discípulos más intrépidos, esos que aplican las pruebas “pillativas” basadas en
egoístas criterios de evaluación. Pero especial rechazo me provocan “los gana
pan”, calificación que al escucharla por primera vez, interpreté como la
indignidad del trabajo docente.
Me animé a estudiar Pedagogía General Básica, para obtener los
conocimientos y habilidades necesarias, pero no quise certificarme porque
prefería decir “soy licenciada en artes y trabajo como profesora” antes que ser
reconocida oficialmente como “Profesora” y ser parte del rubro desgastado y
mediocre que había observado en mi praxis.
Sin embargo, ignorante de los nuevos paradigmas de la educación, decidí ser
parte del rubro docente, pero bajo la consigna de luchar incansablemente contra
la entropía instalada en los colegios, esa que de gana pan obedece ciegamente a
las políticas curriculares y la obtención de resultados mensurables y
aprendizajes falsos; pero que es insensible al uso de herramientas pedagógicas
afectivas cuyos efectos favorables en la comprensión de los contenidos tiene
por consecuencia la aprehensión y desarrollo de los estudiantes, a través del
contacto genuino entre el profesor y el estudiante.
Es extraño recordar que me sentí una vampiro de los niños, porque trataba
de chupar y hacer mías las características y habilidades del ser y pensar como un
niño, porque me molestaba entender el mundo desde mi formación neoliberal tan
numérica como para calcular el valor de las cosas desde su costo monetario y
olvidando sorprenderme, como bien decía “El Principito”, que hacíamos los
adultos constantemente.
Hoy me siento una profesional de la educación cuando corroboro con Van
Manen que tengo un “propósito pedagógico”, que la búsqueda del bienestar de los
estudiantes y fortalecer su ser y el interés por el devenir de su ser, es parte
de mi compromiso y responsabilidad docente. Ya no soy quien chupa egoístamente
la infantil sabiduría y concepción del mundo, porque entiendo que la relación
entre el profesor y el estudiante es de mutua influencia, requiere el fluir y
el irradiar en ambos sentidos para conseguir efectos y significados diversos y
amplios. ¿Cuál es mi rol?: ser el ente mediador entre la cultura y la tradición,
entre la intimidad y el espíritu de la época, entre el mundo y el afecto
humano.
De la evolución de la
experiencia pedagógica a la certificación docente.
No entendí cuando durante el mes de abril del año 2015, recibí de un
momento a otro, la notificación de despido por ser considerada no idónea para
ejercer el cargo de profesora. Me dejó totalmente estupefacta la razón, el
momento y las circunstancia: es cierto que no tengo el título de profesora,
pero tengo los estudios de pedagogía, postítulos, capacitaciones y
perfeccionamientos logrados con excelentes certificaciones, he ganado premios
relevantes y obtenido felicitaciones por escrito, ¿Qué es lo que otorga la
idoneidad para el ejercicio docente?, ¿Un cartón cubierto de estampillas y que
señala el título de profesor?, ¿Dónde está el valor de la experiencia y el
testimonio favorable de los estudiantes y sus apoderados?.
La carta de despido la recibí a las 18:30 horas. En la escuela solo
quedaban tres profesores y ningún estudiante. La orden fue sacar mis cosas de
inmediato, para evitar mi presencia en la escuela en los días sucesivos. Yo
debía salir por la puerta ancha, con honores; pero me sentí como una rata
escapando por la alcantarilla, sin despedirme de mis lazos cultivados allí
durante 16 años, sin la oportunidad de una explicación o un adiós a mis
queridos estudiantes y sin una compensación monetaria por los años de servicio.
Según mi psiquiatra, la recuperación del shock fue veloz, me sirvió mucho
conocer lo que sentían los ex alumnos, quienes de inmediato me hicieron sentir
la importancia de mi presencia en sus vidas: estimulación e inspiración fueron
sus elogios; sus elogios me inspiraron y motivaron a salir adelante. No he
borrado el dolor que me provocó ese desarraigo irreversible e indiscreto de mi
“experiencia pedagógica”, pero los posteriores encuentros con los pequeños y
pequeñas que me vi obligada a dejar: sus cartitas y comentarios como “te extraño
profe”, “vuelva tía”, o los deseos de éxito de los agradecidos apoderados,
entre otras manifestaciones de apoyo; fueron las certeras herramientas que me
hicieron llevadero el proceso de superación del trauma y la inyección de fuerza
para emprender un nuevo desafío, que es la creación de mi identidad como
profesora, bajo la certificación de excelencia en mi “Alma Mater”.
A modo de conclusión.
Lo que pretendo demostrar con estos tres relatos de mi experiencia
pedagógica, es precisamente esa influencia de interacción entre la profesora y
los estudiantes, capaz de despertar la posibilidad de ser o llegar a ser.
Considerando que la influencia que ejercieron sobre mí es y sigue siendo positiva
y sensiblemente profunda. Deseo y aspiro a que la influencia que ejercí sobre
ellos responda a lo que Van Manen plantea como características positivas de
esta influencia: “situacional y específica, práctica y contextualizada,
normativa y autorreflexiva”, porque sin conocer intenté resguardar con tacto
pedagógico las sensibilidades subjetivas de los estudiantes y conducirlas hacia
el bien, haciendo de sus experiencias situaciones aceptables y autocontroladas,
para potenciar su autoconocimiento. Sin embargo, queda la duda siguiente
respecto de mi práctica pedagógica: ¿Mis estudiantes, cómo vivieron la carencia
de seguridad en los inicios de mi carrera docente? La improvisación de ese
momento, ¿es válida como estrategia de enseñanza?, y a modo de generalización: ¿Cuándo
se evalúa el quehacer adecuado que es responsabilidad moral y profesional de un
docente? (5).
Notas:
1.
Van Manen aconseja, a
propósito del tacto pedagógico, mantener la discreción para evitar la
exposición durante los estados de vulnerabilidad del otro y así no provocar el
dolor que marca discontinuidad en los recuerdos y en la identidad.
2.
Apuntalaré mi relato con
fragmentos de la página 38 y 39 del texto de Max Van Manen: “¿Qué hacemos con
nuestros recuerdos de infancia y con las modalidades en que estos recuerdos se
han integrado en nuestro propio ser corpóreo?...somos seres históricos…tenemos
historias que confieren permanencia e identidad a la persona que somos…las
influencias de nuestra juventud y, especialmente, la de nuestros padres y
profesores dejan sus efectos”.
3.
En “El tacto de la
enseñanza”, página 37: “La noción de propósito pedagógico expresa el deseo de
los adultos de que a sus niños les vaya bien en la vida… la actividad de
enseñar siempre se rige por un propósito pedagógico”.
4.
Este
pensamiento elitista sigue instalado en mí, pero agoniza producto de las
observaciones reformistas a la carrera docente.
5.
Según
Van Manen, preservar el espacio del otro, proteger su lado vulnerable, evitar
el autodaño, recomponer lo roto, reforzar lo positivo, destacar aquello que es
único, favorecer el crecimiento personal; son características de un buen tacto
pedagógico y que ejercen una influencia sutil. Pero este tacto se manifiesta en
la medida que se es sensible a la subjetividad del otro, entonces ¿Cómo medimos
la calidad de esa influencia? Si el tacto es el don de saber improvisar:
¿Enseñar es improvisar?.
Bibliografía:
Van Manen, M.
(1998). Cap. 2 El concepto de pedagogía. En El tacto en la enseñanza. El
significado de la sensibilidad pedagógica (pp. 29-51). Barcelona: Paidós.
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