Reflexiones con Max Van Manen
“De
las garantías de la acción e interacción de la relación pedagógica”
Según
Van Manen nosotros los adultos conformamos la “idea de mundo adecuado y
correcto” desde la validación de aquellas influencias que, de niños nos
permitieron desarrollarnos positivamente y que hemos reflejado replicándolo en
el constante hacer del presente.
Esto lo
someteré a discusión porque considera aceptar que los sujetos que tienen
permanencia e identidad, madurez y experiencia (sujeto histórico), son los
llamados a participar en la formación de un sujeto que llegará a ser. Desde la
misma perspectiva quiere afirmar que ser un “sujeto histórico” en el rol
docente (1) es suficiente para validarse idóneamente y actuar ejerciendo
influencia “positiva” sobre el sujeto que aprende.
Sin
intención de ser alarmista, pero el riesgo que esa interacción sea realizada
con un propósito pedagógico desvirtuado, deshonesto, egoísta y -en el mejor de
los casos- equívoco, es enorme. Más aún cuando no existe un mecanismo que
reconozca la individualidad del sujeto que enseña o someta a evaluación su
propósito pedagógico. Porque la interacción pedagógica es responsable de
generar influencias compartidas, para experimentar y motivar, desde una
experiencia común, los estímulos para el crecimiento personal de ambos sujetos
(el que enseña y el que aprende); entonces el riesgo está en la dirección de
las aspiraciones y expectativas que se pretenden despertar en el sujeto que
aprende, con el objetivo de comenzar el proceso de formación de su ser o su
continuidad de crecimiento.
Estoy
perfectamente de acuerdo con don Max y se leen encantadoramente sus ideas. Pero
me molesta que la responsabilidad la asuma un “sujeto histórico” cuyo “quehacer
pedagógico” se someta solo a su generosa autorreflexión, donde lo adecuado e
inadecuado, lo posible o no de hacer durante la relación pedagógica; se limite
al escrutinio de su subjetiva mezcla de influencia personal de mundo y
sociedad. Porque entonces, para la formación de los sujetos, jugamos a una
tómbola azarosa cuyo referente, será el modelo inconscientemente señalado como
el mejor mentor de su propio desarrollo en el presente y posterior réplica como
una herencia para un futuro no muy lejano.
¿Qué
tan efectivo y poderoso es el reconocimiento del otro durante la interacción, que
permite establecer situaciones y proyectos que no solo los identifiquen, sino
que también accionen el engranaje que sostiene las estrategias de enseñanza-aprendizaje
y que les ayuden a madurar y desarrollarse mutuamente?
Si
pensamos en la realidad del aula, los poderes fácticos se han escudado
instalando una sistemática, evaluable y mensurable forma de regular la
intervención del docente en cuanto al conocimiento, actitudes y formas de
actuar de los estudiantes. Pero ese medio flagela aún más la oportunidad de
revisar con cuál perspectiva pedagógica se abordan los momentos creados por el
sujeto que enseña, para generar la oportunidad de ser de sus discípulos. En ese
sentido ¿Qué garantiza que el propósito pedagógico, entendido como influencia,
acción, crecimiento y madurez, esté presente en el aula, si el sujeto que
enseña está ocupado implementando el currículo, intentando su cobertura a
través de una planificación reescrita de acuerdo a un PEI vanidoso y cuya
influencia personal se teoriza en un informe de personalidad basado en el “copy
page” de frases para el bronce? El devenir del sujeto que aprende no se puede
asegurar. Que sea positivo porque es ejecutado por elementos humanos maduros y
experimentados que establecen una relación con él, no es suficiente. Porque
este proceso debería garantizar una herencia positiva para construir el devenir
de todos; sin embargo el concepto de heteroevaluación y su praxis en el aula
aún resulta desconocido para los sujetos que viven y llegarán a ser, y la
tendencia a considerar los “propósitos pedagógicos” como ejemplos, no tiene
feedback que lo someta a cuestionamientos y reflexiones.
Si el
concepto de pedagogía consiste en el proceso de mejora, crecimiento personal y madurez, entre sujetos que se sienten
valorados, respetados, reconocidos, motivados y entusiasmados en inspirarse
mutuamente; entonces es fundamental señalar un método que supere la
metacognición (porque puede ser fácilmente falseada) para: cumplir con todos
los objetivos propuestos por la organización, cubrir las necesidades de los
educandos y desplegar capacidades ya señaladas y que un pedagogo siempre debe
expresar y representar. Un método que permita que, a través de la interacción,
se capte la influencia que el
docente comunica en la intimidad del afecto, que lo valide como el adecuado
para guiar la formación de personas y que sea modelo replicable y compartido que
reviva el pasado con su tradición y cultura (sujeto que enseña) y la cultura
del presente (sujeto que aprende).
Así,
el propósito pedagógico podría ser garantizado como la experiencia de
intercambio de intenciones y perspectivas de mundo, adecuadas para influenciar
los acontecimientos venideros porque se sustenta en la canalización de la
sensibilidad y pretende el bien honesto, profundo y positivo para el educando.
Conclusión
Es
preciso promover el bienestar en el estudiante y despertar el interés por su
futuro y su desarrollo personal, por intermedio de una relación genuina y
compartida con el docente, con el propósito de ampliar los referentes e inducir
a la reflexión, autorreflexión y heterorreflexión que permitan validarlos como
lo correcto de replicar o instalar como base para una futura evolución y
crecimiento.
Notas
1)
Docente entendido como aquel individuo
responsable de formar en identidad a un sujeto que aprende a partir de la
construcción de una relación de enseñanza y aprendizaje.
Bibliografía:
Van Manen, M. (1998). Cap. 2 El
concepto de pedagogía. En El tacto en la enseñanza. El significado de la
sensibilidad pedagógica (pp. 29-51). Barcelona: Paidós.
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